viernes, 24 de abril de 2015

Budín de zanahorias, granola y bayas Goji

¡Hola! ¿Cómo están? Por aquí, muy bien y parece que vamos de budín en budín... Jajaja ;) La semana pasada, un budín-cazuelas-bocadillos de calabaza y brócoli; ésta, un budín dulce. Eso sí, esta receta viene con harina y algunos otros toques tradicionales (y no tan tradicionales) propios de un budín/bizcocho casero hecho y derecho.

Ya les he contado en varias oportunidades cuánto me gusta utilizar vegetales en pastelería. Aportan humedad, color y sabor natural a las masas, confiriéndoles un carácter muy especial. El budín/bizcocho que les propongo hoy reúne todas esas características, a las que les podemos sumar su sencillez, practicidad (para resolver una tarde con visitas o un antojito de algo dulce) y aportes nutricionales, porque incluye harina integral, granola, zanahorias, miel y bayas Goji/de Goji.




Aquí, lo que necesitarán para no perderse este budín que se prepara en un ratito nada más.




En un bol, mezclá los ingredientes secos: 180 gramos de harina integral fina, 1 y 1/2 cucharada de polvo para hornear, 1 cucharadita de cardamomo recién molido, 80 gramos de granola/müesli (la que tengas en casa o, mejor aún, la que preparás vos mismo. Aquí podés encontrar mi receta de granola/müesli casera) y 30 gramos de bayas Goji/de Goji. Reservá.




Aparte, en otro recipiente, batí 160 gramos de queso crema (yo utilicé descremado-light) con 30 cc. de aceite neutro (empleé aceite de coco, pero podés utilizar el de tu agrado), 2 cucharadas de miel (espesa y orgánica) y 65 gramos de azúcar integral/mascabo. Luego, incorporá 2 huevos (orgánicos/pastoriles/ecológicos) y 100 gramos de zanahorias ralladas fino. Integrá bien.




Entonces, añadí de a poco los ingredientes secos hasta obtener una mezcla homogénea. Volcá la preparación en una budinera enaceitada y enharinada.




Cociná en horno precalentado a 180° C por unos 50-60 minutos o hasta que supere la prueba del palillo. En ese momento, retirá del horno y dejá enfriar bien antes de desmoldar para que no se rompa.




Espolvoreá el budín con una lluvia de azúcar impalpable/glas y serví acompañado de un rico té o café.

Obtendrás un budín/bizcocho muy sabroso, súper húmedo, de miga suave, desprendida y perfumada, con algunos trocitos crocantes de la granola que no se fundió del todo en la masa y delicados toques de sabor aportados por las bayas Goji/de Goji. Ideal para acompañar una tarde de amigas, llevar de regalo cuando nos invitan a tomar el té o darnos un antojo de sabor dulce sin extralimitarnos.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: El queso crema de la receta puede reemplazarse por yogurt natural o yogurt griego. 

Para obtener una miga suave, esponjosa y suelta les recomiendo que utilicen una harina integral fina o súper fina; pero, si no la consiguen, pueden tamizar la harina integral junto con el polvo para hornear varias veces hasta dejarla más liviana y aireada.

El azúcar impalpable de la cobertura puede reemplazarse por crema de queso, crema de manteca/mantequilla, chocolate amargo o semiamargo, glasé de naranjas (que va de mil maravillas con las zanahorias)...

Las bayas Goji/de Goji suelen conseguirse en mercados y comercios especializados en productos dietéticos (son unos frutos rojos, pequeños, algo alargados y ligeramente dulces con un sabor a medio camino entre las cerezas, los dátiles y las frambuesas. Se les atribuye propiedades antioxidantes y grandes cantidades de proteínas, minerales y vitaminas; aunque algunos estudios científicos han determinado que no son ni más ni menos nutritivas que tantas otras bayas o frutos que incluimos en nuestra dieta). Si no las tienen en casa y mueren por probar este budín, pueden suplantarlas por pasas de uva tradicionales o rubias, arándanos, frambuesas, frutillas, dátiles, ciruelas, peras, damascos... De igual modo, pueden incluir nueces, avellanas o almendras picadas groseramente.



Pues bien, con este budín muy húmedo y sabroso, la hora del té o del café será una fiesta de sabores bien tentadores.

Espero que les guste mi propuesta y la preparen en casa.

Hasta la próxima. Les deseo una excelente semana. ¡Disfruten de la vida junto a las personas que aman y experimente en la cocina!


Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas

miércoles, 15 de abril de 2015

Budín de calabaza y brócoli

¡Hola! ¿Cómo están? ¿Cómo la han pasado? ¿Dispuestos a cocinar algo rico, muy sabroso, que tanto puede ser un plato principal para vegetarianos como un acompañamiento/guarnición bien gustoso y nutritivo para todo mundo? Pues bien, esta receta es tan práctica y versátil que suelo prepararla tanto en formato de budín (en clásico molde de budín inglés o Savarin) como en cazuelas; hasta, incluso, hago bocaditos - como los que preparé hoy para las fotografías que acompañan la receta -.

Pocos ingredientes, poca complicación y poco tiempo para realizar una preparación muy sabrosa y nutritiva que lleva a la mesa uno de los vegetales más difíciles de presentar a los pequeños de la casa (que lo aman o lo odian; no tienen punto intermedio...): el brócoli. Aquí, en combinación con la calabaza queda riquísimo, algo disimulado y ¡les encanta! Además, podemos acompañarlo con alguna salsita sencilla, pero sabrosa que resaltará aún más su sabor delicado y exquisito. En esta oportunidad, preparé una salsa de queso en un pim-pam-púm; pero, le combinan muy bien por igual las salsas de hongos, pimientos, espárragos, cebollas, arvejas/guisantes e, incluso, una rica salsa bechamel o de tomates casera.




Aquí les dejo los ingredientes, así nos ponemos a cocinar sin más demoras (porque un exquisito plato nos espera al final del camino; yo sé lo que les digo).



Para comenzar, partí en mitades una calabaza/anco (o el zapallo de tu preferencia), quitale las semillas y ubicala en una placa o fuente para horno. Rociá ambas piezas con un hilo de aceite (no las condimentes ni sazones) y cociná a fuego fuerte hasta que la pulpa se separe de la cáscara con facilidad. 

En esta ocasión, la calabaza no es muy grande (como podés ver en la fotografía); sin embargo, por lo general, preparo esta receta con 1 kilo-1,5 kilos de puré.




Entonces, quitá la pulpa de la calabaza, despegándola con una cuchara de su cáscara y prepará un puré con ella, utilizando un pisa-puré. Reservá (sin sazonar) en un bol hasta que enfríe.

Mientras tanto, rehogá en 2 cucharadas de aceite de coco (o el de tu preferencia), 1 cebolla grande picada junto con 1/4 de ají/pimiento rojo picado también. Condimentá con sal, pimienta, nuez moscada, 1 cucharadita de orégano y 1 cucharada de puerro (o cebolla de verdeo) deshidratado. Agregá 400 gramos de brócoli congelado y cociná hasta que los vegetales pierdan su rigidez. A medida que se van cociendo (no será más de 5-8 minutos), rompé-desarmá las flores de brócoli para que no queden trozos muy grandes (en especial, si no querés que los descubran sus detractores y se nieguen a comer esta receta porque sí nomás...) Reservá hasta que enfríe.

Luego, condimentá el puré de calabaza con sal, pimienta, nuez moscada y 1 cucharadita de cúrcuma. Añadí  2 huevos (de campo/ecológicos/pastoriles), 1/2 taza de queso rallado (o en hebras; el de tu preferencia) y 2 cucharadas colmadas/bien copetonas de almidón de maíz. Integrá bien y, por último, incorporá los vegetales cocidos previamente, bien escurridos. 




Mezclá todo y volcá la preparación en una budinera, molde Savarin, muffinera/molde para hacer muffins, cazuelas, flanera... enaceitado (en mi caso, con rocío vegetal).




Cociná en horno precalentado a 180° C por 35-40 minutos o hasta que se dore y esté firme.




En esta ocasión, como ya te conté antes, acompaño los bocaditos y las cazuelas con una Salsa de queso muy sabrosa a la vez que sencilla. Te cuento cómo la preparo por si deseás hacerla en tu casa.

En una cacerolita, colocá  2 tazas de leche (de origen animal o vegetal, según tu gusto), cocinándola a fuego bajo hasta que comience a tomar buena temperatura (cuando humee). Entonces, sumale 1 taza más de leche en la disolviste 1/2 taza de almidón de maíz. Por último, incorporá 1/2 taza de queso rallado (en mi caso, Fontina bien sabroso). Revolvé constantemente para que no se formen grumos hasta que espese. Entonces, condimentá con sal, pimienta y abundante nuez moscada recién molida. ¡A comer!




Algunas observaciones y recomendaciones finales: La calabaza/anco puede cocinarse al vapor, hervida o al horno. Suelo escoger la opción al horno porque me permite obtener un puré mucho más seco que con otras técnicas. Opten por el modo de cocción que más se acomode a su gusto, pero dejen el puré lo más seco posible para no malograr la receta.

Recuerden no condimentar la calabaza al momento de cocerla para que no suelte el agua. Del mismo modo, una vez preparado el puré - cuando lo dejamos para que se enfríe a temperatura ambiente - tampoco deberán condimentarlo para que no libere el agua (aunque perdió gran parte de ella en la cocción - en especial si fue en horno - todavía contiene). Sólo se condimenta el puré al momento de añadir los demás ingredientes, cuando preparamos la mezcla final.

De igual modo, cabe aclararse que no todos los anco/zapallos (incluso los de la misma variedad) resultan iguales a la hora de convertirlos en puré. Están los que terminan siendo más secos, los que contienen más agua, los que son pura fibra... Por ello, la cantidad de almidón de maíz de la receta estará en directa proporción a esta condición del puré. Si éste queda muy aguado, pese a la inclusión de almidón, será necesario que incorporen alguna cucharada más de este ingrediente.

La salsa de queso para acompañar el budín (o los bocaditos) debe ser de un queso con sabor, pero sin tanta personalidad como para que se pierdan los demás ingredientes. Los quesos Fontina, Gruyere y Cheddar, por ejemplo, quedan muy sabrosos.

A esta mezcla de vegetales podemos añadir zanahoria rallada gruesa o algunos hongos/setas (frescos o secos; en este caso, previamente hidratados) rehogados: Portobello, champiñones de París, shiitake, hongos de pino... para enriquecerla aún más.




Otra idea bien sabrosa es armar una base con la mezcla de vegetales que preparamos en el fondo de la budinera, colocar luego cubitos o rodajas de queso tipo fresco, haciendo un piso que no deberá llegar a los bordes para, luego, cubrir con otra capa de mezcla de vegetales. Así, al momento de servir, cada porción contará con un centro-corazón de queso derretido sabroso. En caso de hacer cazuelas o bocaditos en molde de muffins, pueden colocar también un corazón de queso que aportará sabor y un interesante factor sorpresa al plato.

Para asegurarse que los bocaditos se desprendan sin problemas de la muffinera, pueden enaceitar (o cubrir con rocío vegetal) y enharinar el molde.




Espero que les guste (y los tiente) mi propuesta de hoy. Como pueden ver es súper fácil, práctica y deliciosa: Un budín-bocadito-cazuela (en fin, la opción que más les guste o convenga) con una cubierta ligeramente crujiente, sequita y un corazón-interior cremoso, suave, exquisito.

Nos encontramos la próxima. ¡Pasen una linda semana! Disfruten de la vida junto a las personas que aman y experimenten en la cocina.

Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas



miércoles, 1 de abril de 2015

Chorek (pancitos de Pascua armenios)

Para celebrar estas Pascuas quería preparar algo distinto a las clásicas roscas. No tengo nada en contra de ellas (quiero dejar esto bien claro; además, ya han visto aquí alguna rosca pascual y varias de Reyes), pero tenía muchas ganas de aventurarme en la preparación de una receta menos tradicional de nuestra cultura. Pensé en manjares italianos, ingleses y hasta en aquellos que surgieron de la mezcla de etnias. Sin embargo, me terminé dejando seducir por unos bollitos/pancitos tradicionales de Armenia en esta época del año. Son tan, pero tan ricos que en casa hemos decidido, por unanimidad, que los volveremos a repetir en cualquier momento porque bien lo valen.




Son algo laboriosos, no lo voy a negar. Aunque, más bien, debo decir que llevan tiempo de preparación que no es lo mismo; porque no es que hay que estarles encima en todo momento sino que hay que darles distintos tiempos para que descansen, se relajen y leven. Pero, esos ratos podemos dedicarnos a hacer lo que debemos o lo que más nos gusta (desde leer un libro a preparar nuestro próximo post del blog, escuchar música, tejer, bordar, hacer jardinería, cerámica, yoga...). Eso sí, bien valen el esfuerzo  - que, les repito, no es tanto después de todo -.

Esta receta es una recreación, más o menos fiel en cuanto a la mayoría de sus ingredientes, con las adaptaciones propias de mi cocina (inclusión de harina y azúcar integral, por ejemplo), de la preparación que Jane Mason realiza en uno de mis libros de panadería preferidos: The Book of Buns, un compendio de más de 50 recetas de pancitos y bollos del mundo entero que se luce por su diversidad de propuestas y sus magníficas fotografías (a cargo de Peter Cassidy).

Aquí les dejo el listado de ingredientes para que prueben prepararlos en sus casas. Quedarán encantados, se los garantizo. 




Entonces, nos ponemos manos a la masa para poder disfrutar de estos pancitos exquisitos cuanto antes y llenar con ricos aromas y sabores nuestra mesa de Pascuas.

En un bol amplio, colocá 300 gramos de harina integral fina junto con 200 gramos de harina 000. Incorporarle 5 ó 6 gramos de levadura instantánea natural y 150 gramos de azúcar integral/mascabo. Mezclá bien estos ingredientes. Luego, por el borde externo agregá 10 gramos de sal y la mezcla de especias: 1/2 cucharada de canela molida, 1/4 cucharadita de clavo de olor y 1/4 cucharadita de nuez moscada recién molida. En el centro, valiéndote de un bol pequeño, realizá un hueco; allí, colocá 190 ó 200 gramos de agua potable a temperatura ambiente.




Comenzá a mezclar los ingredientes del centro hacia afuera, integrándolos de a poco hasta formar un bollo. Entonces, cubrilo con papel film y dejalo descansar por 1 hora en un lugar tibio y alejado de las corrientes de aire.




Entretanto, batí ligeramente 2 huevos (de campo/pastoriles/ecológicos) para romper bien el ligue. Reservalos. 

Aparte, mientras la masa crece un poco, en un bol, mezclá con batidor de alambre 100 gramos de manteca/mantequilla (derretida y a temperatura ambiente) con 100 gramos de leche (en mi caso, descremada) que debiste calentar con anterioridad hasta el instante previo a hervir y que dejaste enfriar a temperatura ambiente. Agregá 1 cucharada de whisky (o brandy) y 1/2 cucharada de extracto de vainilla.




Sobre fuego bajo o a baño de María (si te sentís más seguro), agregá los huevos batidos de a poco y, sin dejar de mezclar-batir en ningún momento, cociná hasta que espesen. 

Obtendrás una crema de consistencia similar a la pastelera (o a un sabayón), pero algo más ligera. Dejá enfriar con papel film en contacto para que no se forme una película sobre la preparación.




Entonces, pasado ese tiempo, llega el momento de incorporarle al bollo de masa la crema (ya a temperatura ambiente) de huevos, manteca, leche, vainilla y whisky que habías reservado. En este punto, dependiendo de la astringencia de la harina integral, la humedad ambiente y algunos otros factores que incluyen la calidad y molienda de la harina 000 puede que necesites algo de harina blanca-común-000 extra para lograr tomar la masa.




Para incorporar la crema (o empaste), deberás romper-desarmar-desgranar con los dedos el bollo de masa, sobándolo y amasándolo. Incorporá, sin excederte y en pequeñas porciones, algo de harina 000 extra si lo considerás necesario. Aunque parezca una tarea imposible, sobando y amasando sobre la mesa de trabajo ligeramente enharinada por unos 10 minutos, lograrás un hermoso bollo de masa tierna. Vale descargar todas las tensiones del día a día arrojando el bollo sobre la mesa; eso nos ayudará a activar el gluten que, en las masas con harina integral, siempre es un poco más tedioso de lograr.




Colocá el bollo en un bol con algo de harina en la base, cubrilo con papel film y dejalo leudar-descansar por 2 horas en un lugar cálido y sin corrientes de aire.




Una vez transcurrido ese tiempo, colocá el bollo sobre la mesa y con la yema de los dedos (y mucha delicadeza) desgasificalo, extendiendo un poco la masa.

Notarás que la masa es muy suave y tierna. Por favor, no sucumbas en ningún momento a la tentación de añadirle harina, creyendo que se pegará a tus manos y/o a la mesa. Eso no ocurrirá.

Tomá pequeñas porciones de masa con las manos (según la tradición, las caracolas/espirales se hacen de distintos tamaños) y formá bollitos estirando la masa y uniéndola en un punto central. Luego, das vuelta cada pieza para que la unión quede sobre la mesa, la encerrás dentro de tu mano y la bollás para darle una linda forma (bollitos bien redonditos). Si fuera necesario, te enharinarás un poquito las manos en caso que sientas la masa muy pegajosa (No me ocurrió, pero puede pasarte).

Ubicalos en una placa y dejalos descansar por unos 15 minutos, tapados con un paño de cocina. Podés cubrirlos con una lluvia de harina o untarlos con aceite (también podés utilizar rocío vegetal) para que no se les forme una costra en contacto con el aire.




Por último, para darles forma de espirales o caracolas, sobre la mesa de trabajo estirá los bollitos formando unos chorizos que luego enrollarás sobre sí mismos.

Ubicá cada caracola o espiral algo separada de su vecina sobre una placa con papel manteca/de cocina, pintala con 1 huevo batido junto con 1 cucharada de agua potable, espolvoreale un poquito de azúcar y semillas de sésamo (yo utilicé sésamo blanco, negro e integral) o pasas de uva.




Cociná los pancitos/bollitos en horno precalentado a 200°C por unos 25-26 minutos o hasta que estén dorados y con una buena base.




Una vez listos, dejalos enfriar sobre una rejilla antes de comerlos.

Para consumirlos, podés comerlos solos, bañados en miel de abejas, miel de maple/agave/maíz..., arropes de distintos sabores, rellenos con manteca/mantequilla, mermeladas caseras, cremas varias, queso crema...

De cualquier manera son deliciosos, suaves, tiernos, muy perfumados, con una miga sabrosa y esponjosa.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: La receta original se realiza con harina 000-común. De igual manera, emplea azúcar blanca-refinada. Sin embargo, la utilización de harina y azúcar integrales no modifica sustancialmente el resultado final de estos sabrosos pancitos (con harina blanca pueden leudar un poco más y la miga será algo más suelta). También, si lo desean, pueden probar de prepararlos con harina de espelta que quedará muy bien.

Si así lo prefieren, pueden reemplazar la levadura instantánea natural por levadura fresca. En ese caso, necesitarán unos 10 gramos de este producto.

Pueden espolvorear los pancitos terminados y a punto de entrar al horno con chispas de chocolate o almendras fileteadas. En ese caso, recuerden mojar o humedecer las almendras fileteadas (así como las pasas de uva deshidratadas) antes de espolvorearlas  para que durante la cocción no se quemen.

En mi caso, me tomé la licencia de emplear una combinación de especias comunes de la región del Mediterráneo y Oriente Medio porque no conseguí la especia típica (casi podríamos decir, el ingrediente secreto) que se utiliza para preparar los Chorek: el mahlab/mahleb/mahalab/mahlep... Esta especia se prepara a partir de moler (mejor si se hace en el momento para extraer todo su aroma y sabor) la semilla seca del fruto del cerezo de Santa Lucía (Prunus mahaleb) que tiene un sabor con reminiscencias a cerezas, almendras amargas, agua de rosas y algunas flores, y que aporta a las preparaciones rasgos dulces y algo ácidos, como a nueces, con un dejo amargo de rebote final. Es muy común su utilización en panes, dulces y pasteles de la cocina de esta región (Grecia, Arabia, Chipre, Turquía, Armenia, Egipto...). Pueden adquirir las semillas listas para molerlas en tiendas especializadas - aunque no es tarea fácil - o, incluso, por Internet.

En la versión que Jane Mason propone en su libro The Book of Buns forma la mezcla de especias que reemplaza a la tradicional mahlab con canela, clavo de olor y hojas de laurel molido.




El Chorek, también llamado Chorég (en armenio: չորեկ) es un pan algo dulce tradicional de este país, típico de la época de Pascuas que se preparar, por lo general, el Viernes Santo. De hecho, es muy raro que se elabore en otro momento del año (una verdadera pena, según mi parecer, porque es sencillamente exquisito). Por lo general, se lo realiza en pequeñas piezas que pueden ser caracolas/espirales, trenzas o figuras humanas. En Armenia debe estar presente en la cena del sábado (Sábado de Gloria-Avák Shapát) y en el almuerzo del domingo de Pascua (Zadíg Harutián) para consumirlo antes o después de las comidas. Forma parte de la decoración de la mesa pascual y se come como entrada junto con los tradicionales huevos duros y algunos quesos, acompañando la comida en sí misma (si el comensal así lo desea) e, incluso, se lo lleva a la sobremesa con el café. Es  muy frecuente que los invitados regalen Chorek/Chorég a sus anfitriones como señal del clima festivo que se vive.

El pan en sí mismo (especialmente en su formato de trenza) simboliza la corona de espinas que le colocaron a Cristo antes de su crucifixión. Así, el pan trenzado representa la corona de espinas trenzada; las semillas de sésamo, las espinas y el color dorado de su cubierta, la sangre de Cristo derramada.

En la región existen variantes de estos panes: En Grecia (donde se los llama soureki), Albania y la región de Italia en donde se habla arbëreshë, dialecto albanés (donde se denominan panarët), Azerbaiyán (donde reciben el nombre de çörək), Rumania (allí se conocen como cozonac) y Turquía (donde se los denomina çörek).




Más allá de denominaciones e, incluso, de si encontramos en el mercado el mahlab, estos pancitos/bollitos bien vale la pena que pongamos manos en la masa para prepararlos porque los resultados finales nos dejaran muy complacidos: una miga suave y sabrosa, con un perfume exquisito (¡Imagino que mucho más si logramos conseguir el mahlab!). Por eso, esta Semana Santa  - que disponemos de algo más de tiempo para nosotros mismos y para darnos algún mimo - podemos preparar Chorek para darle otra cara a nuestra mesa de Pascuas con nuevos sabores y propuestas.

Espero que se animen a realizarlos porque son deliciosos.

Nos vemos la próxima. Disfruten con sus seres queridos, experimenten en la cocina y ¡Felices Pascuas!


Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas

viernes, 27 de marzo de 2015

Acelga y hongos en salsa

Este año, el otoño llegó por estos lados del mundo (más precisamente, por Buenos Aires) con una puntualidad digna de Lord inglés. El 20 de marzo a las 19:45 indicaban astrónomos y meteorólogos... Y así fue, que más que menos, la noche del 20 de marzo se esfumó el calor agobiante del verano que no quería despedirse, regalándonos-envolviéndonos en días, tardes y noches con temperaturas propias más de enero que de fines del verano. 

La verdad es que estaba ansiosa por su llegada - aunque ya anuncian los especialistas que  volverá el calor para la semana próxima -. No sé, será que nací en otoño y esta estación del año ocupa un lugar especial en mi corazón o que las temperaturas tan altas, clásicas del verano (unidas a la humedad que caracteriza a esta región de mi país, en general, sin importar en qué época del calendario nos encontremos), me terminan descompensando; o que ya estaba deseosa de cocinar panes, budines y preparaciones más contundentes (y con más horno) que las ensaladas... Lo cierto es que estos días se presentaron frescos, ideales para algún plato calentito que nos permite disfrutar de los primeros fríos, las primeras lluvias-lloviznas, las mañanas y las noches frescas, con tardes de sol cálido, y las primeras hojas caídas.




Por eso, hoy les propongo una receta que preparaba mi abuela materna, Rosa. Sí, ya sé lo que deben estar pensando: la semana pasada, receta de mi abuela postiza; hoy, receta de mi abuela propia. Creo que el otoño, además, me trae una cierta melancolía o nostalgia que traduzco en realizar las recetas de mi gente, las que disfruté desde pequeña, las que me enseñaron-sin enseñarme a preparar cuando observaba trabajar y metía manito (si me lo permitían, en tareas nada complejas ni peligrosas) en la cocina de mis abuelas (propias y ajenas), tías-abuelas (las que llegué a conocer y disfrutar), de mi mamá... Esta receta es la mar de fácil ¡y de rica! Es que Rosa no era de complicarse en la cocina. Sería por su condición de madre de 3 criaturas bastante seguiditas y algo revoltosas a quienes no convenía perderles pisada, de buenaza que aceptaba todo lo que la vida le planteaba sin muchas quejas ni lamentos, de sufrida que supo campear años de frustraciones, desesperanzas y desencantos con una sonrisa franca y pocas palabras.

Aquí les dejo los ingredientes que necesitarán para preparar este sabroso (y sencillo) plato.




¿Comenzamos? Cortá en juliana o en pluma 1 cebolla grande y rehogala junto con 1 cucharada de cebolla de verdeo deshidratada en 1 cucharada de aceite de coco (o el aceite de tu preferencia). Una vez que la cebolla esté transparente reservala. Aparte, hacé lo propio con 400 gramos de hongos/setas (en mi caso, 200 gramos de champiñones de París y 200 gramos de Portobello). Ubicalos lo más separados entre sí que puedas (es decir, evitá que se amontonen en el recipiente de cocción, unos encima de otros), no los condimentes hasta que estén cocidos y no los muevas ni revuelvas hasta que estén dorados. Por último, descongelá 600 gramos de acelga (o cocinala si la verdura es fresca) al vapor.

Entonces, mezclá en un bol los vegetales cocidos. Condimentá con sal, pimienta recién molida, 1 cucharada de pimentón dulce (ahumado, o puede ser páprika en su lugar, si preferís que quede algo picantito) y nuez moscada a gusto. Reservá.




Aparte, en una cacerolita, prepará salsa bechamel en cantidad necesaria (o a gusto del consumidor) como para integrar los vegetales, aportarles cremosidad y hacer honor al nombre de la receta ;)

Yo ya les conté en varias ocasiones que preparo una falsa bechamel súper liviana sin manteca y con almidón de maíz, pero cada quien puede realizar la versión que más le guste a su familia.  Por si desean saber mi versión, les cuento que coloco en una cacerolita (y a ojo; sé que no es muy científica la medición, pero es como siempre la he preparado) una buena cantidad de leche (puede ser vegetal o animal; e incluso puede ser agua potable) que será proporcional a la receta que esté realizando. Cuando el líquido elegido comienza a tomar temperatura, le añado 1 taza más de leche (vegetal, animal o agua) en la que disolví unas 2-3 cucharadas bien colmadas de almidón de maíz, dependiendo de la textura y fluidez que busco en mi salsa. Revuelvo constantemente con cuchara de madera, incluso cuando estoy volcando el almidón disuelto, hasta que espese. Entonces, apago el fuego y condimento con sal, pimienta y nuez moscada.




Pues bien, a la mezcla de vegetales que reservaste incorporale la salsa bechamel y la mitad del queso rallado (el de tu preferencia) que indica la receta.

Volcá la preparación en una fuente apta para horno, previamente enmantecada o enaceitada. Entonces, valiéndote de una cuchara, realizá las cavidades para contener los 4 huevos (pastoriles/ecológicos/de campo) y, con cuidado, ubicalos en cada hueco. Condimentalos a tu gusto y terminá de cubrir todo con el queso rallado restante.




Llevá a horno fuerte (220°-230° C) hasta que los huevos se cocinen y el queso se gratine, quedando dorado y apetecible.




Verás que se obtiene un plato delicioso, de textura y sabor suave, muy completo y facilísimo que, además, les gusta a todos (incluso a los más reacios a comer vegetales). Es ideal para los días frescos (sean de otoño o de una primavera incipiente que a veces se asoma con fuerza y otras se hace desear), para saborear cucharada a cucharada mientras recordamos la cocina de antaño: sencilla, sin muchas pretensiones y con sabor a hecha en casa.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: Si lo prefieren, en lugar de utilizar acelga pueden emplear espinaca (en cualquiera de sus variedades), kale o bok choy/pak choi. Incluso, pueden reemplazarla por repollo/col blanco o morado/col lombarda. En cualquier caso, obtendrán platos muy sanos y apetitosos.

De igual modo, pueden emplear las setas u hongos que encuentren disponibles en el mercado, los de estación o los de su preferencia.

Si lo desean, pueden utilizar en la preparación de la salsa bechamel, reemplazando la leche (en cualquiera de sus versiones) o el agua potable, un rico caldo casero de verduras.

Recuerden que para obtener champiñones/hongos/setas dorados y esplendorosos (nada de aguados y deslucidos) deben ubicarlos en el recipiente de cocción separados entre sí (sin amontonarlos) y sin condimentarlos, dejándolos que despacito vayan tomando color solitos, sin estar revolviéndolos o moviéndolos todo el tiempo. Una vez cocidos, podrán condimentarlos a gusto; de esa manera, evitarán que pierdan líquido (son un 90% agua), quedando sosos y poco sabrosos.

La cantidad de huevos de la receta dependerá directamente de los comensales que se sentarán a la mesa, así cada quien tiene su huevo jugoso y sabroso que se escurre en su porción.

Por último, les recuerdo algunas de las propiedades nutricionales de la acelga: No contiene, prácticamente, grasas ni hidratos de carbono; sin embargo, es muy rica en agua. Asimismo, es rica en nutrientes reguladores como fibra, algunos minerales y vitaminas. Entre ellos se destacan los folatos (betacarotenos que se transforman en vitamina A cuando nuestro cuerpo así lo requiere y que intervienen en la producción de glóbulos rojos y blancos, así como en la formación de anticuerpos del sistema inmunológico, el bienestar de nuestro cabello y el de nuestra piel porque es un gran antioxidante), la vitamina C (que se encuentra en sus hojas de color verde más intenso), la clorofila, el potasio (que toma parte en la transmisión y generación del impulso nervioso y en la actividad muscular normal), el sodio (que le da su sabor algo amargo característico), el magnesio, el yodo (indispensable para el correcto funcionamiento de la glándula tiroides), el hierro y el calcio.




Prueben este sencillo y tradicional plato de cuchara que llegó con mi familia desde Europa y que, estoy segura, en cualquiera de las variantes que les propuse gustará en su mesa por su sencillez y su marcado sabor cremoso. Además, es una opción estupenda y válida para llevar a la mesa de Vigilia/Pascuas.

Antes de despedirme, agradezco mucho a María José, editora senior de Directo al Paladar, (o a quien le haya hecho llegar mi receta) por incluir mis Galletas de avena (a la irlandesa) en su Paseo por la gastronomía de la red: catorce recetas de galletas para no parar de mordisquear. ¡Gracias! ¡Muchas gracias por elegir/incluir mi propuesta! :D

Hasta la semana próxima. Disfruten mucho con sus afectos y experimenten en la cocina. ¡Nos vemos!

Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas

jueves, 19 de marzo de 2015

Galletas de avena (a la irlandesa)

¡Hola! ¿Cómo han estado? ¡Al fin puedo sentarme a escribir receta después de muchos días! Es que asuntos familiares y de salud (mis benditas cervicales que, de tanto en tanto, se encargan de recordarme que no puedo hacerme carne de todo, cargar en mis espaldas pesos propios y ajenos, y que no soy una súper-chica que todo lo puede...) me han mantenido alejada - en metros y metros - de mi PC. Pero, aquí estamos de nuevo, disfrutando de este ratito de cocina con una nueva preparación. En esta ocasión, les propongo realizar unas deliciosas galletas de avena a la irlandesa que les resultarán prácticas, económicas y muy sencillas. 

Eso sí (nobleza obliga), les advierto antes de comenzar que esta receta es una de esas preparaciones clásicas, de la cocina de antaño, con ingredientes tradicionales (de la mesa irlandesa y de casi cualquier mesa occidental, para decir las cosas como son) que no es light-de dieta-bajas calorías. Sin embargo, estas galletas me recuerdan a mi infancia, a la casa de mi mejor amigo, a mi abuela postiza Eily (cuyo nombre en irlandés significa Luz... Y la verdad que el nombre le quedaba como anillo al dedo porque era un cascabel siempre sonriente, bien dispuesta a lidiar con niños propios y ajenos, plena de luz, de alegría y de ganas de vivir), al patio del colegio, a muchas casas de mis otros amigos y compañeros, a merienda después de todo un día de estudio... En fin, por todo ello es que no he querido tocar-modificar-meter mano casi nada en la preparación original que se me confió siendo adolescente (que es cuando aprendí a prepararlas). Además, estas galletas son, sencillamente, riquísimas, plenas de avena, bien aireadas y crujientes. Ideales para arrancar el día con mucha energía, sabor y optimismo (que nunca está de más para encarar la jornada, ¿cierto?).




Aquí les dejo el listado de ingredientes mientras les recuerdo que si no tienen harina de avena no es necesario que salgan corriendo a comprarla, ya que pueden obtenerla moliendo muy bien, en procesadora o minipimer, los copos de avena tradicionales. ¡Y listo!




Dicho esto, empezamos con la receta que es bien fácil...

En un bol, colocá 1 taza de harina de avena y, sobre ella, tamizá 1 taza de harina 0000 con pizca de sal y 1/2 cucharada de bicarbonato de sodio

Luego, agregá 1 taza de copos de avena y 1 taza de azúcar. Integrá muy bien.




Entonces, a los ingredientes secos incorporales 180 gramos de manteca/mantequilla derretida (aún tibia). Con cornet/espátula de panadería-pastelería mezclá muy bien. Por último, añadí 1 taza de harina de avena (la segunda taza de la lista de ingredientes) y 1 huevo (de campo/pastoril/ecológico). 

Valiéndote del cornet, integrá muy bien los ingredientes. Para ello, puede que la mezcla requiera de algunas cucharadas extra de harina 0000 para ayudar a tomar la masa.




Entonces, sobre la mesa de trabajo espolvoreá algo de harina y con palote/rodillo estirá la masa lo más pareja posible, dejándola de 0,5-1 centímetro de grosor. Con cuchillo afilado, cortá las galletas en rectángulos más o menos parejos y, con un tenedor, pinchalas para que durante la cocción no se arqueen.




Disponé las galletas sobre una placa ligeramente enmantecada y llevalas a un horno precalentado a 200° C. Cociná por 10-15 minutos o hasta que se doren.

Al cocerse, crecerán hacia arriba y hacia los costados, tomando un color dorado muy agradable y tentador.




Dejá que se enfríen bien en la propia placa antes de sacarlas porque, aún calientes, son bastante frágiles; sin embargo, una vez frías, se vuelven crocantes y más firmes.




Como se puede ver, esta receta básica, tradicional y sencilla nos dará por resultado una galletas exquisitas, de sabor dulce y suave, bien crocantes y aireadas que gustarán a todo mundo, sin dudas.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: Pueden sustituir la harina común/0000 por harina integral fina. Pueden hacer lo propio con el azúcar de la receta, reemplazándola por azúcar integral/mascabo/panela.

Si desean reemplazar la manteca derretida por algún ingrediente más sano, pueden utilizar unas 5 cucharadas bien colmadas de aceite de coco o cualquier otro aceite neutro de su preferencia, en lugar de la materia grasa de origen animal.

Las medidas dadas en esta receta corresponden a las clásicas tazas medidoras de repostería y panadería, donde una taza contiene 250 ml.

Por último, quiero recordarles algunos de los beneficios de incluir avena en nuestra dieta: El consumo de este cereal ayuda a fortalecer las funciones neurológicas. Además, contribuye a reforzar nuestro sistema inmunológico, combatiendo infecciones bacterianas y mejorando la cicatrización de las heridas. Su alto contenido de minerales (hierro, selenio, manganeso, cobre, zinc, yodo y calcio) y fibra soluble la convierten en una excelente aliada para reducir la presión arterial, combatir el colesterol y proteger del estreñimiento. Asimismo, es rica en vitaminas E (un gran antioxidante que evita el riesgo cardiovascular, mejora la calidad de la piel y del cabello), B1, B5 y B6 (involucradas en el desarrollo y mantenimiento de nuestro sistema nervioso central), y 8 aminoácidos esenciales (de alto valor proteico) que ayudan a depurar el organismo de toxinas, prevenir la osteoporosis, regular el metabolismo, mejorar la digestión, proteger contra el cáncer y la arteriosclerosis. Por ello, de ser posible (es decir, si nuestro organismo nos lo permite), es ideal incluirla en variedad de preparaciones del día a día.

Antes de despedirme, como hace unos días atrás celebramos San Patricio (patrono de Irlanda), les dejo un fragmento de las tantas (y tantas, y tantas...) bendiciones irlandesas que se regalan de corazón a quienes queremos desearles prosperidad y transmitirles alguna enseñanza. Por ello, aquí les dejo mi bendición irlandesa para todos ustedes.




Aunque sé  que estas galletas no son una receta muy dietética que digamos - pero, podemos aggiornarla un poco, dejándola con algunas calorías menos - verán que es una linda (y bastante sana) manera de honrar la cocina irlandesa y uno de sus pilares fundamentales: la avena. A los niños les encantan y, de tanto en tanto, les hace muy bien a la salud consumirlas como desayuno o merienda. Simples, fáciles de hacer, crujientes y con la textura de los copos de avena, estas galletas son unas exquisiteces siempre bienvenida en cualquier mesa; se los garantizo. Pruébenlas y después me cuentan...

¡Hasta la próxima! Pasen una hermosa semana, disfruten con sus seres queridos y experimenten en la cocina.

Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas