miércoles, 5 de septiembre de 2012

Hoy, un clásico de campo: Tortas fritas en versión citadina

Estamos viviendo esa etapa de tránsito climático entre el invierno que se resiste a dejarnos y la primavera que, en ocasiones, grita presente con fuerzas. Son esos días en que pasamos del desabrigarnos por un sol que comienza a calentar más de la cuenta a usar piloto y paraguas porque volvieron las lluvias, o que pasamos fríos porque el pronóstico del clima decía que sería un día hermoso y sin vientos, pero el cielo se puso gris y el ventarrón nos hace sentir molestias en la garganta. En definitiva, el invierno está dando sus últimas hurras para dejarle paso a la primavera que pronto copará jardines, plazas, balcones y ánimos.
Como todavía hace frío (10°C y con lluvias), podemos darnos algunos "lujos" invernales. Es que cuando llueve y hace frío en casa siempre hay alguien que reclama tortas fritas. Como son ricas, fáciles (facilísimas) y tan de días de lluvia al amparo del calorcito de hogar es difícil negarse; de modo que aquí están, éstas son mis tortas fritas (que sería lo mismo que decir las tortas fritas en versión citadina y light). No se enfurezcan los más ortodoxos o radicalizados defensores de nuestras costumbres folklóricas, pero no puedo cocinar las tortas fritas según su receta original (digamos la más difundida en el interior del país) porque va en contra de mis principios y porque moriría en el intento. Es que la versión más campera de esta preparación se realiza con grasa bovina o porcina (o la grasa animal de la que se disponga, en definitiva) y se fríe en esa misma materia.
Mi versión no contiene grasa en la preparación (sí un poquito de aceite) y se fríe en aceite neutro. Como resultado obtenemos unas tortas riquísimas, con un agradable leudado interior (al partirlas vemos todos los alvéolos de la masa) y menos pesadas, fáciles de digerir y de perdonarnos el "pecadito calórico" a pasos de empezar a usar ropa más liviana que no disimulará ni el más mínimo rollito invernal.








Cuentan por allí que las tortas fritas son un invento mitad germano-mitad árabe y que llegaron a América con los españoles primero y con los alemanes del Volga mucho tiempo después. De hecho, en las colonias alemanas del interior de mi país, las tortas fritas son conocidas como kreppel.

La receta es muy básica porque se trata de una preparación de campo sencilla, ideal para acompañar el mate (en especial, los días de lluvia): harina de trigo, agua, sal y azúcar. Aunque, en algunos casos, hay quien suplanta el agua por leche y le incorpora huevo, y hasta levadura.

Por lo general, se les da forma circular o de rombo con un agujero, más o menos pequeño, en el centro (algo así como un ombligo que, según se me explicara oportunamente, sirve para facilitar su cocción y para que no se hinchen mucho al freírlas). En cuanto a la medida de la torta frita (¡No se rían, es cosa bien seria! porque tenemos grandes especialistas en la materia) es a gusto del dueño de casa que cocina, pero las hay más pequeñas o casi del diámetro de la olla en la que se freirán.

En mi caso, las amaso medianitas y redondeadas (¡compás y transportador fuera de mi cocina!) y las dejo leudando por unos minutitos mientras el aceite alcanza la temperatura apropiada.






Aquí les paso mi receta con una pequeña salvedad: al tratarse de una preparación rústica y muy simple, las medidas no son dignas de un libro con técnicas básicas de Le Cordon Bleu; por lo tanto, se impone la medición "a ojo". 
En un bol, colocá 1 cucharada de sal fina (si deseás que tenga un suave dejo salado la masa que acompaña muy bien el dulzor externo) ó 4 cucharadas de azúcar (si preferís que sean dulces por fuera y por dentro). Añadí unos 250 cc. de agua tibia y, en ella, disolvé la sal o el azúcar. Por último, incorporá 1/2 pocillo (de café) de aceite neutro. Revolvé y añadí harina leudante en pequeñas cantidades hasta lograr una masa tierna, que no se pegue en tus manos. Amasala por algunos minutos y separala en pequeños bollitos.
Con la mano, aplastá ligeramente cada bollito para alcanzar la forma redondeada (o la que sea de tu gusto) y practicales un pequeño corte (puede ser con el mismo dedo), a modo de ombligo, en el centro. Dejalas descansar en la mesa.
Mientras tanto, en una sartén u olla, colocá aceite neutro suficiente como para que las cubras (al asegurarte suficiente cantidad de aceite, lograrás que absorban menos materia grasa y que queden más secas). Una vez que esté bien caliente, colocarás la cantidad de tortas que te permita el recipiente, evitando amontonarlas mucho para que se cocinen de manera pareja; si fuera necesario, las darás vuelta. Estarán listas para sacarlas cuando alcancen un color dorado.
En un recipiente donde irás sumando las cocidas, colocá papel absorbente y una abundante lluvia de azúcar común. Dejá allí las tortas (ya les podemos decir oficialmente fritas) y espolvorealas con más azúcar. Cuando termines de cocinarlas, una humeante pila de tentadoras tortas fritas estará invitándote a convidar (o convidarte) unos ricos mates o un sabroso té.






Se recomienda - incluso, con esta versión más liviana - no comerlas inmediatamente después de cocidas porque suelen ser bastante indigestas. Por eso, prepará el acompañamiento adecuado (mate, claro está; pero, bien vale un rico té o un chocolate caliente para un día de mucho frío) y sentate a disfrutar con los tuyos de una receta de panadería casera muy simple a la vez que sabrosa, que podemos permitirnos, muy de vez en cuando, los días de lluvia para una merienda diferente.





Espero que las disfruten y que se animen a prepararlas si no las conocen o nunca antes las cocinaron. Después me cuentan los resultados porque no tienen nada que envidiarles a sus primas más corpulentas y grasosas.

¡Hasta la próxima semana! ¡Bon appétit!

1 comentario:

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